Misioneros combonianos, un hogar y un apoyo para los inmigrantes que llegan del otro lado del Estrecho
A veces, cuando oímos hablar de los misioneros, los imaginamos en lugares remotos de países tercermundistas o subdesarrollados, sin embargo, también aquí, en nuestras ruidosas ciudades, junto al asfalto, los semáforos, el metro, o los centros comerciales, realizan su desinteresada labor por los necesitados.
A veces, cuando oímos hablar de los misioneros, los imaginamos en lugares remotos de países tercermundistas o subdesarrollados, sin embargo, también aquí, en nuestras ruidosas ciudades, junto al asfalto, los semáforos, el metro, o los centros comerciales, realizan su desinteresada labor por los necesitados.
Este es el caso del padre Constantino Bogaio, quien recibió a Comunicar sin Fronteras en un pequeño despacho de la sede que los misioneros combonianos (http://www.combonianos.com/) tienen en Madrid; unos religiosos que llevan ya varias décadas ofreciendo su tiempo y ayudando en diversas partes del mundo. Alto, y con un cierto parecido a un actor norteamericano (Samuel L. Jackson), este mozambiqueño que dirigió algo más de cuatro años como coordinador del albergue para inmigrantes africanos en la capital de España, nos contó el funcionamiento de este hogar para los que llegan con lo puesto del otro lado del estrecho. Esta iniciativa está pensada para ayudar a grupos reducidos de hombres sin papeles a los que se les trata de manera personificada. Una ONG -Karibú (http://www.asociacionkaribu.org/)- dedicada, exclusivamente, a la ayuda del colectivo africano, les recoge y envía aquí. Recién aterrizados en Madrid, Karibú es su principal referencia, les enseñan sitios para que aprendan a hablar castellano, les dan medicamentos, les ayudan a nivel colectivo, sin embargo, los combonianos lo hacen a nivel personal y les indican cómo empadronarse, o cómo hacer determinados trámites, pero “deben saber que nosotros no les ofrecemos papeles, sólo les orientamos para conseguirlos y a dónde tienen que acudir”, afirma Constantino.
En los primeros momentos de funcionamiento de este albergue acogían a cualquier persona, pero desde hace tres años y medio decidieron ayudar a gente sin papeles que esté enferma. Se quedan normalmente un año, hasta que se recuperan, logran un trabajo y los papeles, pero si alguno se debe operar, o seguir algún tratamiento, permanecerá el tiempo que sea necesario.
Para estos religiosos, su principal objetivo es “acompañar a esa gente que llega enferma de sida o con problemas psicológicos y necesitan tratamiento”, porque consideran que este centro “es el lugar idóneo para recuperarse un poco” y cuando ven que pueden comenzar una vida más o menos independiente, hablan con ellos para que “puedan manejarse en España por sí solos”. Esa meta es una tarea difícil y su punto de partida es no hacer distinción entre los inmigrantes, ya que reciben a gentes de toda condición religiosa y social, porque “lo importante es la persona, sea de donde sea”, afirma con contundencia el padre Constantino.
En los primeros momentos de funcionamiento de este albergue acogían a cualquier persona, pero desde hace tres años y medio decidieron ayudar a gente sin papeles que esté enferma. Se quedan normalmente un año, hasta que se recuperan, logran un trabajo y los papeles, pero si alguno se debe operar, o seguir algún tratamiento, permanecerá el tiempo que sea necesario.
Para estos religiosos, su principal objetivo es “acompañar a esa gente que llega enferma de sida o con problemas psicológicos y necesitan tratamiento”, porque consideran que este centro “es el lugar idóneo para recuperarse un poco” y cuando ven que pueden comenzar una vida más o menos independiente, hablan con ellos para que “puedan manejarse en España por sí solos”. Esa meta es una tarea difícil y su punto de partida es no hacer distinción entre los inmigrantes, ya que reciben a gentes de toda condición religiosa y social, porque “lo importante es la persona, sea de donde sea”, afirma con contundencia el padre Constantino.
Cada hombre, una historia
Los grupos que por aquí pasan son diferentes y cada caso es particular pero son, ante todo, personas, con una vida y con una historia. Algunos, incluso, con formación: médicos, dentistas, etc. Aunque también llegan muchos que no han tenido posibilidades de cultivarse en sus países. Su procedencia es diversa: Nigeria, Camerún, Ghana o el Congo. Por todo esto, es muy importante que la persona que más trata con ellos. . “Tenemos charlas con ellos cada poco tiempo. A veces, cuando tienen problemas nos llaman, porque es duro no tener cerca una familia a la que poder contar lo que les pasa”, explica Bogaio.
Los grupos que por aquí pasan son diferentes y cada caso es particular pero son, ante todo, personas, con una vida y con una historia. Algunos, incluso, con formación: médicos, dentistas, etc. Aunque también llegan muchos que no han tenido posibilidades de cultivarse en sus países. Su procedencia es diversa: Nigeria, Camerún, Ghana o el Congo. Por todo esto, es muy importante que la persona que más trata con ellos. . “Tenemos charlas con ellos cada poco tiempo. A veces, cuando tienen problemas nos llaman, porque es duro no tener cerca una familia a la que poder contar lo que les pasa”, explica Bogaio.
No por ser africanos son todos iguales, cada país tiene su propias costumbres pero la nacionalidad marca claramente la percepción que se tienen entre ellos en los primero momentos de la convivencia. “Cuando llegan, lo primero que hacen es preguntarme de dónde soy, pero no les respondo a esto hasta que pasa un mes, están más integrados y el grupo ya está funcionando. Esto lo hago para que no me encasillen, que haya mejor ambiente y se sientan como en casa”. Es, quizá, la etapa más complicada, el comienzo de su convivencia; conocerse, saber cuáles son las manías, hábitos, aceptar las normas y directrices, etc. Asimismo, ese acoplamiento inicial les debe servir para apoyarse porque durante un periodo más o menos largo los otros miembros del albergue van a ser su familia, con unos objetivos comunes debido a que “todos buscan lo mismo”, afirma con cierta emoción en su rostro el misionero. "Es curioso y bonito ver eso".
Los combonianos, que llevan trabajando durante décadas con inmigrantes, son conscientes de la problemática de este fenomeno y, en opinión de un indignado Constantino, “no se gestiona bien, y va a haber un momento en que va a explotar. No se puede recoger a la gente y abandonarles a su suerte en la Península”.
Las preguntas ante esta lamentable situación las pone encima de la mesa el coordinador del albergue. ¿Qué pueden hacer ellos?, ¿hasta cuándo aguantará el sistema este fenómeno? “Este problema se está enfocando con mucha superficialidad. Lo suyo sería acudir a sus países y hacerles un contrato”, por el contrario, la mayoría de las veces la realidad es bien distinta, y los subsaharianos hacen lo imposible por llegar a Europa. El precio por ese sueño es muy alto, y puede alcanzar hasta 3.000 euros, una cantidad que muchos en África apenas reunirán en toda su vida. Así pues, recorren miles de kilómetros, malviven en bosques cercanos a la frontera de Ceuta y Melilla e incluso, como es sabido, muchos pierden la vida en ese intento. Todo para conseguir llegar al “paraíso” del primer mundo.
Lo principal para ayudar a estas personas es “el trato que les damos, pues se les considera como adultos. Esto es la clave de la integración, no se les puede tratar como a niños en el colegio”. De esta manera, deben ir aprendiendo cómo se vive aquí, una labor que requiere mucha paciencia y escucha y más cuando llegan con la autoestima por los suelos.
Los combonianos, que llevan trabajando durante décadas con inmigrantes, son conscientes de la problemática de este fenomeno y, en opinión de un indignado Constantino, “no se gestiona bien, y va a haber un momento en que va a explotar. No se puede recoger a la gente y abandonarles a su suerte en la Península”.
Las preguntas ante esta lamentable situación las pone encima de la mesa el coordinador del albergue. ¿Qué pueden hacer ellos?, ¿hasta cuándo aguantará el sistema este fenómeno? “Este problema se está enfocando con mucha superficialidad. Lo suyo sería acudir a sus países y hacerles un contrato”, por el contrario, la mayoría de las veces la realidad es bien distinta, y los subsaharianos hacen lo imposible por llegar a Europa. El precio por ese sueño es muy alto, y puede alcanzar hasta 3.000 euros, una cantidad que muchos en África apenas reunirán en toda su vida. Así pues, recorren miles de kilómetros, malviven en bosques cercanos a la frontera de Ceuta y Melilla e incluso, como es sabido, muchos pierden la vida en ese intento. Todo para conseguir llegar al “paraíso” del primer mundo.
Lo principal para ayudar a estas personas es “el trato que les damos, pues se les considera como adultos. Esto es la clave de la integración, no se les puede tratar como a niños en el colegio”. De esta manera, deben ir aprendiendo cómo se vive aquí, una labor que requiere mucha paciencia y escucha y más cuando llegan con la autoestima por los suelos.
Buscarse la vida
Previamente a acudir a visitar el albergue, el misionero nos explicó que no acepta que la gente que venga pida caridad; que les den dinero. “Eso no me sirve ni les sirve. Deben aprender a buscarse la vida; nosotros enseñamos lo básico para que recorran después ese camino”.
Finalmente, acudimos al hogar de acogida donde en ese instante tres sorprendidos subsaharianos nos recibieron mostrándose bastante reacios a hablar con la prensa. Este recinto es un pequeño apartamento que dispone de todo lo necesario hasta que concluya su periodo de recuperación y adaptación y puedan vivir de manera independiente, para lo cual es imprescindible que consigan un contrato de trabajo y los consabidos papeles, como nos insisten estos inmigrantes. Ser un futbolista reconocido como el camerunés Samuel Eto’o, o un actor famoso, son algunas de las ilusiones de estos hombres antes de abandonar su país, sin embargo, se han dado cuenta de que aquí, en España, la realidad es distinta y por eso ahora sólo aspiran a encontrar un trabajo digno para poder vivir.
Finalmente, acudimos al hogar de acogida donde en ese instante tres sorprendidos subsaharianos nos recibieron mostrándose bastante reacios a hablar con la prensa. Este recinto es un pequeño apartamento que dispone de todo lo necesario hasta que concluya su periodo de recuperación y adaptación y puedan vivir de manera independiente, para lo cual es imprescindible que consigan un contrato de trabajo y los consabidos papeles, como nos insisten estos inmigrantes. Ser un futbolista reconocido como el camerunés Samuel Eto’o, o un actor famoso, son algunas de las ilusiones de estos hombres antes de abandonar su país, sin embargo, se han dado cuenta de que aquí, en España, la realidad es distinta y por eso ahora sólo aspiran a encontrar un trabajo digno para poder vivir.
La mayor satisfación para estos religiosos es, únicamente, que cuando pase algún tiempo y prosperen, “reconozcan lo que se ha hecho por ellos y ayuden a otras personas”, porque lo que está claro es que si les ayudamos a integrarse en nuestra cultura, estas gentes, que vienen de lugares tan recónditos, pueden dar mucho a la sociedad.
Israel Revilla Canora
Israel Revilla Canora
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